lunes, 4 de junio de 2007

Milo Lockett: “Pintores hay muchos, artistas somos pocos”

Por Gustavo Insaurralde (Especial para NORTE)

Por segundo año consecutivo, Milo Lockett fue el artista que más vendió en ArteBA. Su obra trasciende fronteras vertiginosamente y le llueven propuestas de todo el mundo; pero él siempre elige vivir y pintar en el Chaco. A veces políticamente incorrecto, por momentos irónico y siempre provocador.

Hace pocos días concluyó ArteBA, la feria de arte contemporáneo más importante de Latinoamérica y Milo estuvo allí. Nuevamente se convirtió en un récord. Fue el pintor que más vendió y recibió todo tipo de propuestas. Fiel a su estilo, primero dijo que no y ahora analiza cautelosamente los pasos por seguir.

“Tenía expectativas”, dice y asegura que “el mejor premio que puede tener un artista es el reconocimiento del público”; y Milo sabe de eso. Desde hace casi un año lo tientan a mudarse a Buenos Aires; pero está convencido de que “desde el Chaco se puede seguir construyendo una obra que sea contemporánea y que esté posicionada en el mercado”.

Tiene claro que seguirá en el Chaco: “Quiero que mi hija crezca acá y tener la vida que tengo. Un poco mejor quizás”. Esa postura sorprende a quienes integran el circuito del arte —coleccionistas, críticos y galeristas—; pero casualmente es lo que respalda su éxito aunque no deja de reconocer que “eso habla del prejuicio hacia el interior del país y es una realidad que Dios atiende en Buenos Aires”.

No resulta difícil reconocer una obra de Milo. Mucho color, el gesto de la línea que define a sus personajes e incluso la recurrente utilización de palabras. “La obra se alimenta de la misma obra, el arte contemporáneo se alimenta todo el tiempo del arte contemporáneo”, reflexiona a la hora de mirar su propia producción.

Trabaja muchas horas en su taller y sin dudas esa retroalimentación es la que impulsa el caudal de trabajo que caracteriza al artista. Se identifica con influencias del art brut, “no sólo por la forma, sino también por la poca formación”, confiesa.

“Mi obra puede considerarse investigación, no tiene una línea y va para muchos lados. Es muy espontánea, tiene mucho de acertijo. De probar y en esa prueba aparece siempre algo nuevo”, se define mientras invita una taza de café que prepara él mismo. “Yo no soy un pintor intelectual”, dispara casi como una sentencia con la verborragia a la que nos tiene acostumbrados. Y agrega:

“Mi obra no es pretenciosa y creo que por eso le interesa tanto a la gente. Es una obra que se puede leer muy fácil. Creo que el arte tiene que ser dramático, pero no solemne”. Franco como pocos, piensa que “hay que perder la pretensión frente a la pintura. La pintura tiene que ser lo que es, hay que pintar como uno es, no como los otros quieren ver”.

Si hay algo que nadie puede negar es que, en una de las provincias más pobres de Argentina, Milo Lockett instaló el arte como un objeto de deseo hasta convertirlo en mercancía. Descubrió la pintura y dijo: “Quiero ser artista y vivir del arte”, con la fuerza de una verdad absoluta.

Dando sus primeros pasos en ese mundo, con atinado desprejuicio opinó: “El arte siempre es una mentira”, y hoy explica: “Cuando decís eso estás diciendo una verdad contundente porque nadie dice “yo quiero vender mi cuadro, nadie dice quiero ser famoso y rico”.

Desde ese lugar de provocador, uno dice un montón de verdades”. Ante sus declaraciones considera: “La gente que estuvo quieta dentro del arte se empieza a mover porque tiene miedo a perder un lugar, un lugar que nunca tuvo”, se ríe con ironía y agrega: “Creo que le generé deseos de pintar a mucha gente, le di valor a algo que estaba muerto y que no era el cuco”.

Por otra parte, el fenómeno Milo es una posibilidad para otros artistas. “Cuando yo me hago famoso y vivo en el Chaco, hay un montón de miradas hacia la provincia buscando otros Milos, uno parecido, distinto, otro mejor. En ese sentido soy generoso, soy un tipo seguro que nunca tuve miedo de compartir”.

Con la agudeza de su verborragia sentencia: “Hay diferentes formas de pararse ante la situación de ser artista”. Es cierto que Milo coquetea con la fama y se pone serio cuando dice que le gustaría desarrollar su carrera comprometido con lo social para ayudar a la gente, decisión que casi se convirtió en un ejercicio político y de la que sobran pruebas.

“Si mi fama sirve para ayudar, está perfecto; pero ser famoso por ser famoso no me gusta. Es importante el reconocimiento y cuando la carrera avanza crece la fama; es muy difícil que una cosa no lleve a la otra y creo que el lugar público a veces es peligroso”.

Conoció a Teresa Anchorena en la plaza de Resistencia hace un par de años, mientras pintaba con chicos de jardín de infantes. Por cumplir con el compromiso de su trabajo con los niños rechazó la invitación de tomar un café desestimando que al poco tiempo sería ella quien lo colocaría en el mejor lugar del arte argentino.

“Tengo mucho para agradecerle”, dice con sinceridad, y agrega: “Fue una buena combinación para mi carrera. Es un persona muy importante en el circuito del arte y su aval para mi obra fue definitorio”.

Este año recibió inesperadas e interesantes propuestas. Pese a eso dice con sorprendente seguridad: “Soy un pintor joven que tiene una carrera por delante. Mi carrera está empezando todo el tiempo, nunca sé cuál es el principio”.

Quizás porque van pasando cosas y sucediéndose las propuestas se hace difícil saber para dónde sigue. Este año ya expuso en Mar del Plata y Neuquén, también lo hará en los museos de Corrientes y Río Negro, invitaciones que considera referenciales por ser un público nuevo.

Milo ya tiene confirmado para el año que viene muestras en Nueva York y Los Angeles, también tiene propuestas para Venezuela y París. “Eso lo tomo con mucho miedo, dentro de la seguridad que puedo tener aparece la incertidumbre del vértigo. Es un desafío”.

A fines de este año está invitado a una feria de arte en Barcelona. “Soy un gran estratega. Muchas cosas que para los demás están libradas al azar, uno las pensó mucho”.

Una galería americana quiso comprarle 200 cuadros y le dijo que no; cuando otro le hubiera vendido. “Eso les generó deseos a cuatro galerías de Buenos Aires. Ellos lo único que tienen es dinero”, dice con cierto tono sarcástico.

La seducción de la fama “Soy de una provincia pobre y seduje a la gente más rica del país”, se asombra con orgullo de haber vendido a los principales coleccionistas argentinos y al establishment del arte nacional.

Al mismo tiempo, cuenta que “el dinero está detrás de mí. Gané dinero desde que tengo 12 años”. Casi con cierto misticismo recuerda: “Estando en la peor sequedad seguía teniendo abundancia, porque todo lo que di siempre volvió”. Consciente de lo que genera y de lo que quiere, aclara:

“Soy ambicioso pero no codicioso. Cuando me preguntan qué lugar quiero, quiero el mejor, quiero primera fila. Y por eso me va bien, porque soy honesto. Digo la verdad aunque parezca una locura. Y cuando miento es una estrategia, para provocar algo”.

Le gusta la neofiguración argentina, por lo que admira a Jorge de la Vega, Felipe Noé y Ernesto Deira. También el expresionismo abstracto de Mark Rothko, los pintores salvajes de Alemania. Confiesa su fascinación por Kemble, Torres García, León Ferrari y Antonio Berni.

Ahora está viajando mucho, compra libros de arte y lee la vida de pintores porque quiere saber lo que pensaban y sus obsesiones. “Uno va cambiando a medida que va leyendo”, considera. Le interesa ser coleccionista y de hecho adquirió algunas obras. Sin embargo, piensa que “el conocimiento es el sumun de la belleza”.

Trabaja mucho, piensa mucho. Dice que le cuesta parar ese ritmo vertiginoso de pensar y pintar, pintar y pensar. Está empecinado de vivir siempre acá y dice: “Estoy eternamente agradecido a mucha gente en el Chaco porque creyó en mí y eso me hizo convencer para ser artista. Mi familia es un pilar fundamental”.

Concluye con una risotada franca y consciente de su nueva provocación: “En mi próxima vida quiero ser Dios”.

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