martes, 7 de marzo de 2006

Rubén Bisceglia, El Señor De Los Libros

Fue elegido el mejor librero de Argentina. Prácticamente monopolizó la venta de libros en Resistencia, fue el creador de la Feria del Libro Chaqueño y desde hace dos años lleva adelante una editorial de autores locales. Nadie duda que es un empresario exitoso, un conocedor de las reglas del capitalismo. Y, sin embargo, él se jacta de ser socialista.

Un socialista que se mete por las grietas del sistema para subvertirlo. Un aventurero que asume riesgos pero sabe superarlos. Alto —casi 1.90—, pesado —por lo menos 95 kilos—, de hablar reposado y mirada filosa.

A los 37 años, Rubén Bisceglia es un soltero empedernido que se mueve entre cultos y poderosos con la misma libertad con que deambula por los bares. Y eso que no es un gran intelectual. Ni siquiera dice nada nuevo. El simplemente lo hace.

Lunes 27 de febrero, 11 AM. Los empleados desmontan la Sexta Feria del Libro que terminó la noche anterior, y nosotros vamos a tomar un café. Caminamos por la 9 de Julio hacia un bar de la calle Güemes. La avenida aturde y se entiende que la charla es un off the record. Palabras más, palabras menos, así transcurre la conversación:

—Sinceramente, ¿qué sentís cuando los funcionarios se atribuyen el éxito de la feria?
—La universidad siempre estuvo a la par de la librería. Muy a la par. Y del gobierno, nos ayudan con números musicales, con algunos pasajes para los escritores que vienen de visita, las habitaciones del hotel ... No todas. La verdad es que no tiran parejo. Para la cabalgata de la fe, para los carnavales; para eso hay presupuesto. A la feria del libro ni siquiera fue el ministro.


—Me parece que hizo una recorrida el sábado.
—Sí, pero no participó de los actos. Para que la feria tome estado público, se necesita la presencia de las máximas autoridades, el gobernador. A la feria del libro de Buenos Aires la inaugura el presidente, eso hace al prestigio de la feria. Estamos hablando del Chaco, que es una provincia pobre, con altos índices de analfabetismo; el libro tiene que ser acompañado desde la presencia y financieramente.


Corría 1988 cuando su padre, Juan Antonio Bisceglia, abría la Librería de la Paz con lo que le quedó de una quiebra. Y Rubén, de 19 años, alumno de la Licenciatura en Historia, pasaba más tiempo en el negocio que en el aula. El local estaba ubicado en 9 de Julio 279; pero aclara que no es el salón donde están ahora, sino una cuadra antes y en la vereda de enfrente.

Y no duraron mucho ahí, porque ese mismo año los dueños rescindieron el contrato, y tuvieron que mudarse a poco de empezar. La opción fue un sucucho en la calle Franklin al 500, lejos del centro, pero con la ventaja de estar a tres cuadras de la Universidad.

—Lugar estratégico para el rubro.
—Un lugar estratégico y un amor, también. Pero digamos que fue un gran sacrificio, sensaciones mezcladas. No era un buen antecedente salir de una quiebra familiar, más con la situación económica que vivió el país en el año 89, plena hiperinflación. El peor de los peores escenarios. La caída de Alfonsín, que salió dos meses antes de terminar su mandato, y un desconcierto total. No había posibilidades de nada. Menos si hablamos de libros, un producto que no es de primera necesidad. Y yo en medio de todo eso, iniciándome como librero.

—A partir del 95 la gente de la universidad ya nos había elegido. Éramos una librería universitaria; pero el lugar nos había quedado muy chico. Era imposible satisfacer la demanda. Treinta y seis metros cuadrados, el hábitat dentro de la librería era una situación imposible. Un libro tapaba a otro, eran pilas y pilas; la gente no podía entrar. Ahora que lo veo de lejos, era una prisión. No podía sentarme para atender. Empezó como un laberinto y se convirtió en una prisión.

En 1998 se remata el local de Fretes Hogar, un remate del Banco Nación. Era el 5 de septiembre, el día de mi cumpleaños: 31 años. Y se dio la posibilidad de comprar eso. Fue una puja y la gané.
—Te lo regalaste.
—Fue el regalo más grande que me hice en mi vida (risas). En ese momento me criticaron por haber pagado casi 200 mil pesos, que eran dólares. Y realmente fue un hito, un cambio; porque a partir de allí se podían desarrollar muchas ideas. De ser una librería universitaria, nos propusimos pasar a ser una librería popular. Lo que sí, financieramente no me quedó ni para comprar un ramo de rosas. Ni para un café.
—Endeudado.
—Sin deudas. Pero tenía que arreglar el local. Entonces pedí un préstamo por 60 mil pesos, lo máximo que conseguí. Los muebles son caros, la informática es cara; y en esa época mucho más. Pero pude revestir la librería. Aposté a algo de buena calidad. Y había conseguido el apoyo de nuestros proveedores. Pero en 2001 tenemos otra catástrofe, el país en llamas, con un 30 por ciento de desocupación, y la comercialización del libro estaba muy por debajo de las posibilidades de consumo de la gente. Se venían malos tiempos para el libro. Cerró Lonchi. Cerraron otras librerías más chicas. No sé si fue una política de servicio; pero, a pesar de la crisis, seguíamos creciendo.


En 2000 habíamos decidido organizar la primera feria de libro en el Domo del Centenario. Era una aventura; nadie se animaba a hacer inversiones, todos estaban desanimados, desesperados; y nosotros salimos a invertir.

Me acuerdo de que les avisamos a las editoriales que íbamos a hacer una feria casi en las afueras de Resistencia, en agosto, en las instalaciones del Domo, con una superficie de varios cientos de metros cuadrados. Las editoriales se asustaron, en Argentina nadie estaba comprando libros.

Igualmente salió bien; y a fin de ese año hicimos la Feria del Libro Chaqueño, así que fueron dos ferias durante la peor crisis del país. Una locura.

—¿Pero qué necesidad de promocionar exclusivamente autores locales?
—Para esa época había tenido la suerte de participar de varias ferias, en Madrid, en Barcelona, en Guadalajara. En forma permanente en la de Buenos Aires, en la feria de Córdoba. Y yo notaba que algo faltaba: faltaban los autores chaqueños. Y lo decía: Acá falta una política para el libro chaqueño.


Además, se daba que muchos de nuestros clientes eran nuestros autores. Y planteaban permanentemente: "¿Mi libro cuándo va a estar?" Y yo creía que no era suficiente poner el libro en vidriera, sino hacer algo en conjunto, hacer algo más fuerte. En algún punto fue un compromiso.

Si me conformo con ponerlo en la vidriera, sería un cobarde o una persona que no siente la necesidad del escritor que quiere que su libro sea visto y, en el mejor de los casos, leído. No podés ser frívolo ante la situación clara de que los escritores de la provincia se merecen un trato especial.

—Así surge la editorial.
—No tenía pensado editar. La verdad es que editar es otra cosa, es algo nuevo, y estamos repartiendo los tiempos en dos cosas. Sucede que publicamos un catálogo de libros chaqueños y advertimos que los libros fundamentales, los que definen nuestra identidad, están agotados hace décadas, no se consiguen ni en las bibliotecas.


Y, por otro lado, veíamos nuevos talentos que tenían libros dormidos desde hace años. De nuevo, no podés tener una mirada fría de todo eso. Ante la voracidad de la globalización, las identidades locales son brutalmente agredidas; y uno de los resultados más perversos es el menosprecio de nuestra cultura.

—¿Los autores chaqueños pueden competir con los nacionales o internacionales?
—Creo que entraron en carrera. Dentro de la provincia hay libros chaqueños que se vendieron masivamente.
—¿Cuáles?
—El consultor chaqueño. Se vende muy bien, y es fundamental que algo que habla sobre el Chaco sea escrito por chaqueños. Sobre todo si se trata de la educación de los chicos. Otro, el libro del Carancho Ramírez, La tusca, se vendió en cantidades. Del libro de Tete Romero, Culturicidio, se vendieron más de mil ejemplares. Los libros de Julián Zini, que es correntino, fueron los que más se vendieron en la feria.


Se vendieron muy bien los libros sobre los hermanos Velázquez, los mitos aborígenes; ese tipo de lectura también se vende. Mempo, por supuesto. Dentro del Chaco. Yo lo he visto en Madrid, en Frankfurt, con auditorios repletos. Mempo es consultado en todo el mundo.

—Pero todos estos movimientos te permiten recuperar la inversión.
—Recuperamos, sí. Y ahora estamos nuevamente en una inversión edilicia muy grande. De una librería de 25 por 8, pasamos a ser una librería de 35 por 8. Ahora podemos decir que tenemos una librería grande. Además, se armó un segundo piso y un auditorio para casi doscientas personas. Realmente un proyecto muy ambicioso.

—¿Qué consejo le das a una persona que tiene ganas de abrir una galería de arte, un bar cultural; un proyecto de esa naturaleza?
—Que se inspire en lo bueno. Creo que todo pasa por la inspiración. Sé que lo que ofrezco es bueno, realmente. Además, sinceramente, la tinellización de la cultura, la cultura histérica, me causan una sensación muy particular. Soy totalmente contrario a esas cosas. Creo que es algo agresivo.


Los acontecimientos culturales nutren al ser humano, estimulan. Muy distinto de ese tipo de chistes o esos momentos de ocio mal entendido, de tiempo perdido. Un buen libro, una buena película generan cosas muy distintas; las conversaciones que surgen de una buena obra de arte, las reflexiones creo que hacen bien al ser humano.

—¿El público responde?
—El chaqueño es muy lector, eso es lo bueno; y lo malo es el poder adquisitivo. Es escaso y, obviamente, esto escapa al público; es una situación que vive nuestra ciudad. Te doy los datos de la última feria: entraron 15 mil personas y vendimos 800 libros. O sea: si tan sólo el diez por ciento hubiera comprado un libro ...


No digo la mitad más uno, sino apenas un diez por ciento y un solo ejemplar, se hubiese vendido el doble. Y digamos que normalmente en una feria se compran dos o tres libros, porque además no son libros caros, estamos hablando de libros de 10 a 20 pesos; hay libros de 5 pesos. Se puede ver que hay una falta de respuesta económica.

—Todo esto me recuerda que vos tenés un origen socialista. ¿Cómo ves el socialismo hoy día?
—Me parece una condición humana para salir de la barbarie que divide al mundo. Lo que fracasó no fue el socialismo en Rusia, fue el stalinismo, no los estalinistas que se hicieron millonarios. Lo que yo creo que fracasó fue la ONU ante la pobreza y las diferencias que crecen día a día. Y también fracasó el capitalismo.


Fijate: cuando se reúnen los jefes de las naciones ricas son repudiados por la juventud de sus propios países. O qué fue lo que pasó en Francia con la quema de los autos. Si la juventud francesa no ve posibilidades para ellos, ¿qué puede ver la juventud de los países sudamericanos subdesarrollados?

No niego que vivamos en una sociedad materialista. Yo organizo acontecimientos culturales en una sociedad capitalista; lo que pienso es que estos acontecimientos culturales deben ser apoyados por esta sociedad capitalista, para que haya más desarrollo, más pensamiento, más democracia.

—¿Y al Chaco cómo lo ves?
—No es una visión personal, son estadísticas. Estamos en la ciudad más pobre del país, en una provincia donde tres de cada cuatro chicos son pobres; y si los niños y los adolescentes son pobres, ¿qué futuro tenemos? Me preocupa muchísimo.


—¿Qué te dicen los escritores cuando vienen? ¿Hablarán del Chaco?
—Una preocupación muy grande. Si hay miseria en el país, los índices en el nordeste están multiplicados por dos. Estas cifras se manejan en el ambiente cultural, y los que vienen por primera vez se sorprenden de que en la provincia más pobre haya tanto empuje cultural. Eso es lo que más comentan.


La potencialidad cultural —dice Bisceglia, y con eso ya dijo bastante. Por eso, cuando suena uno de sus celulares —que sonaron durante toda la charla— esta vez lo atiende. Es hora de hacer.
Fuente: Chaqueña.

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