sábado, 22 de noviembre de 2008

La Ciudad Perdida de Puerto Bermejo

Chaqueña - La ciudad perdida de Puerto Bermejo

Gloria y caída de un pueblo que merecía otro destino
Domingo, 16 de Noviembre de 2008.
Textos y fotos de Vidal Mario
En 1969 Puerto Bermejo, pueblo ubicado a 105 kilómetros de Resistencia, conmemoraba orgulloso su octogésimo quinto aniversario. El historiador Manuel Meza aprovechó el acontecimiento para recordar que “no existe ningún pueblo del Chaco que haya luchado tanto para subsistir desde su fundación hasta el presente como Puerto Bermejo.

Ha sido azotado —sin piedad— por fenómenos naturales producidos por las lluvias torrenciales y las crecientes continuas del río Paraguay, que ha arrasado en contadas horas lo que tardaron años sus habitantes en construir”.

Esas palabras del escritor repiquetean como campanas de duelo en el recuerdo de muchos veteranos bermejeños, quienes más que nadie saben que son palabras llenas de certeza: siendo niños eran despertados de noche y llevados por sus padres a algún lugar seguro cuando el río venía a llevarse todo.

Aquellos niños, hoy adultos, presenciaron una y otra vez cómo sus padres, hermanos mayores y vecinos luchaban desesperadamente contra las fuerzas devastadoras del agua, tratando de salvar algo, sin poder hacer nada.

Cuando todo pasaba y el río volvía lentamente a su cauce todos regresaban a sus hogares llenos de lodo, aunque el agua aún les mojara los pies. Y la barranca siguiera cayendo.

Así fue en 1905 como en 1931, en 1942 como en 1946, en 1959 como en 1966, y sucesivamente, hasta llegar a mayo del 83, cuando el viejo pueblo bajó los brazos y se rindió ante las fuerzas de la naturaleza.

Las ruinas de la que fuera esplendorosa ciudad de Puerto Bermejo ahora causan desolación y tristeza. La ciudad que fue bastión imponente de nuestras fronteras, que en 1905 incluso fue considerada una segunda Resistencia, hoy es una suerte de Macondo chaqueño, cubierto de yuyos, silencio y soledad. El único que se niega a morir es el viejo cementerio.

Deben ser pocos quienes recuerden que Puerto Bermejo, fundado por el general Manuel Victorica el 9 de octubre de 1884, fue declarado Lugar Histórico por decreto 16.482 del 17 de diciembre de 1943.

Sobrados méritos aquilataba el pueblo para recibir tamaña distinción. En su suelo se libró una de las batallas de la Guerra de la Triple Alianza. Fue asiento del famoso Regimiento 12 de Caballería y allí vivió, en señorial mansión cercana al río, el general José María Uriburu y su esposa Misia Carmen Arias de Uriburu.

Allí están también las ruinas de la que fue una de las escuelas nacionales más antiguas del Chaco, fundada en 1889 y de la cual quedan únicamente los escombros. Llevaba el nombre de Coronel Miguel Martínez de Hoz, en homenaje al militar muerto en aquella batalla de las fuerzas aliadas contra los paraguayos, quienes desde Puerto Bermejo defendían la fortaleza de Humaitá.

¿Quién recuerda hoy que en 1914, por su privilegiada ubicación geográfica, fue elegido por el Ministerio de Obras Públicas de la Nación como base para las embarcaciones que navegaban por el río Bermejo?

El organismo nacional instaló allí sus talleres navales y, al respecto, un informe de la Comisión de Fomento, fechada el 3 de diciembre de 1928, consignaba:

‘Puerto Bermejo cuenta con los talleres del Ministerio de Obras Públicas de la Navegación del Río Bermejo, que producen al Estado más de cuatrocientos mil pesos moneda nacional anualmente y constituyen el más importante factor de progreso del Chaco y Formosa porque atiende toda la extensión de navegación oficial librada al servicio público‘.

Más aún, atraído por la notable actividad comercial imperante y el potencial geográfico de la zona, allí se instaló la fábrica de extracto de quebracho Compañía Industrial La Noruego Argentina.

Ya no está tampoco —el río Paraguay se la llevó— una de las iglesias parroquiales más antiguas del Chaco, cuya piedra fundamental data de 1886. Era uno de los monumentos históricos, una de las reliquias más preciadas de Puerto Bermejo.

El entonces gobernador Dónovan encomendó a una comisión, integrada entre otros por el abastecedor Carlos Campías y Camilo Wanneson, la misión de recolectar fondos para construirla. El acta fundacional estaba en sus cimientos. Hoy, con toda la iglesia, está en el fondo del oscuro lecho.

La centenaria parroquia, testigo de episodios heroicos de la historia bermejeña cayó, cargada de gloria, al fondo del río. Albergó a generaciones de niños porque muchas veces ofició también de escuela.

Fue además, en tiempos de inundaciones, oficina de reparticiones públicas e incluso llegó a ser teatro, por disposición municipal. Allí se representó, por ejemplo, la comedia Tu cuna fue un conventillo.

En los años 70 ya la encontramos al borde de la barranca, a metros de la que sería su definitiva tumba. Finalmente murió, con su pueblo. Indefensa, sola con sus recuerdos, nadie dio un paso por defenderla.

A fines de los años 40 Puerto Bermejo, próspera y bulliciosa, era conocida como La Petit Ciudad, y no sólo por su cantidad de habitantes, que casi llegaba a los seis mil. Tenía cuatro cuadras asfaltadas que conformaban el centro comercial por excelencia.

En esos cuatrocientos metros asfaltados se levantaban casas comerciales de grandes dimensiones, como Arco y Santos, Tuti y Rolón Hnos, cada cual provisto de sótanos de unos 20x20 metros cuadrados.
Los clientes (la mayoría de Pilar y zonas aledañas) bajaban a esos sótanos y pesaban ellos mismos, en las balanzas y básculas, los fiambres, grasas, vinos y otros productos.

Más allá estaban los surtidores de combustibles y establecimientos de venta de grasas industriales. Otros locales comerciales (grandes almacenes del tipo ‘ramos generales‘) vendían automóviles, bicicletas, máquinas de coser, arados, rastras, alambres y todo cuanto existiese en materia de ferretería. Estaba también Foto Bullón, con su casa de dos plantas, dedicada a fotografías artísticas.

Pero la estrella comercial era una tienda que se llamaba, justamente, La Estrella.

Competían entre sí varias sastrerías, entre ellas las de Lili Oviedo y Sastrería Muñoz, en tanto que los viajeros se alojaban en el Hotel Blanco, en el Hotel Argentino o en el Hotel Quírico. Siempre repletos, fueron también testigos del notable movimiento comercial y turístico del Puerto Bermejo que estamos recordando.

Pero había más. A todo esto se sumaban farmacias de primera línea y las panaderías Torres, Casa Nalli, Martínez, Zalazar, Cheto y Poli, además de un montón de carnicerías y verdulerías.

Pululaban por sus calles los paraguayos, pero también alemanes, suizos e ingleses, directivos de las fábricas extranjeras instaladas en la zona, a quienes diariamente se los encontraba haciendo sus operaciones en la sucursal del Banco Nación o, en las ventanillas del correo, despachando correspondencias a Europa.

Una cooperativa daba luz eléctrica al pueblo siete horas por día, desde las 18 hasta la 1 de la madrugada siguiente. Los esposos Cayetano Rivas y Beatriz B. de Rivas describen con inocultable añoranza la bulliciosa vida social del pueblo:

“Los sábados y domingos nos deleitábamos viendo películas en un pequeño teatro que ofrecía, además, otros espectáculos. Había dos canchas de fútbol, canchas de tenis, de básquetbol, aeroclub, tiro federal, el Club Social, las instalaciones del Club Independiente, el Cine Spléndid y las instalaciones, increíbles, de 100x50 metros, de la Subprefectura Marítima”.

Un espectáculo popular era, igualmente, ver pasar a los imponentes paquebotes Washington, General Alvear y Ciudad de Corrientes. Muchos bermejeños pasaban sus primeros días de casados a bordo de algunos de esos barcos, luna de miel que incluía el viaje a Buenos Aires, a donde llegaban tres días después.

“Cuando el barco regresaba desde Asunción a Buenos Aires pasaba por nuestro puerto. Entonces, directamente desde la fiesta de casamiento, se acompañaba a los novios hasta el puerto, con orquesta y todo. La gente iba a la costa a despedir a los mieleros con música y baile. Eran unas madrugadas hermosas, románticas, inolvidables.”, recuerdan los Rivas.

Allí estaban, también, los coloridos desfiles cívico-militares, las fiestas de carnaval que ni las inundaciones suspendían, las fiestas de San Juan, de Santa Catalina, de Santa Rosa de Lima y la tradicional Fiesta de la Cruz, sin contar las fiestas de Navidad y Año Nuevo.

Puerto Bermejo era una fiesta.

Hoy sólo quedan bellas historias y el recuerdo de aquellas fiestas. Muchos de sus muertos siguen sepultados en el viejo cementerio que, irónicamente, es el único sobreviviente de aquellos tiempos de esplendor.

Para 1925 Puerto Bermejo ya estaba al filo de la navaja. Tanto que ese año, se consolidaron los fuertes reclamos ante los poderes públicos nacionales. Se demandaba fuertemente medidas técnicas que detuviesen el avance de las aguas del río Paraguay o desviaran sus corrientes.

Es un pedazo de Argentina la que se va, la que desaparece, alertaron.

Sus gritos de auxilio no fueron escuchados y el río, con su curso modificado, siguió socavando las barrancas, tragándose propiedades importantes.

Ocho años después, en 1933, el Primer Congreso de Municipalidades del Territorio Nacional del Chaco, reunido en Resistencia, emitió ésta proclama: Puerto Bermejo debe ser defendido del estrago de las aguas. Corresponde la intervención inmediata de las autoridades nacionales para evitar que esa histórica localidad chaqueña desaparezca.

No pasó de ser una expresión de deseos y nada bueno sucedió. Así que en 1940 una delegación integrada por varios notables de la ciudad fue a Buenos Aires a golpear puertas. Los vecinos Cándido Santos Otero, Vicente Pagano, Eduardo F. Rolón y el médico Manuel Shraer, entre otros, deambularon por diversos pasillos legislativos y gubernamentales con el siguiente petitorio en las manos:

‘1º). Ayuda o indemnización a los damnificados con el objeto de reconstruir sus hogares desaparecidos, dejando sentada jurisprudencia para casos futuros.

2º). Intensificación de las precarias obras de defensa ya comenzadas por el Ministerio de Obras Públicas de la Nación para conjurar la acción devastadora del río Paraguay‘.

La prensa porteña se hizo eco de aquella expedición, sensibilizada porque para esa época el río ya se había llevado cuatrocientos metros de costa y, con ellas, las casas comerciales y particulares de los vecinos Guillermo Ságer, Baltasar Fernández, José Cristóbal y la sede comercial Rolón Hnos.

Dos diputados nacionales, David Pagano y Luis Jaureguiberry, recogieron el guante y presentaron un proyecto de ley. El artículo primero expresaba:

‘Autorízase al Poder Ejecutivo la inversión de la suma de $130.000 (Ciento treinta mil pesos) para indemnizar a los pobladores de Puerto Bermejo (Gobernación del Chaco) cuyas propiedades hayan desaparecido o estén en peligro de desaparecer por la acción de las aguas del río Paraguay‘.

El proyecto de ley jamás fue sancionado.

Llegaron, incluso, ante los presidentes de la República Ramón Castillo y Agustín P. Justo, respectivamente. A éste último lo abordaron en su yate presidencial cuando pasaba por Puerto Bermejo, rumbo a Asunción.

Alarmada, la prensa chaqueña sumó su voz de alerta. De una revista editada en 1940 rescatamos ésta editorial:

“Sin ninguna exageración, puede afirmarse que el pueblo de Puerto Bermejo está llamado a desaparecer en un término no lejano, si no se inician las obras de defensa que se solicitaron y que continuamente se reclaman al gobierno nacional.

Hace varios años se nombró una comisión de vecinos, la cual se entrevistó con las autoridades nacionales para realizar las obras tan necesarias para la seguridad de la población. Se votó una partida para tal fin, y después de seis años no se han iniciado las obras y nadie sabe qué destino se dio a esos fondos.

Mientras tanto, las aguas del río Paraguay van carcomiendo las barrancas en que está ubicada la población, y los vecinos ven perder todas las esperanzas de salvar sus propiedades, frutos de muchos años de sacrificios, y convertidos en escombros sus afanes por la desidia irritante de las autoridades de la Nación”.

El artículo terminaba con estas proféticas palabras:
Es necesario que los poderes públicos vuelvan sus ojos a las necesidades que la colectividad espera para salvar a la población de una catástrofe, como sería si fuera arrasada por las aguas del caudaloso río Paraguay.

Nota: Recuerdo parte de mi niñez, cuando iba de visita a unos familiares en Pilar, Paraguay, y solíamos quedarnos con mi familia en la casa de mi abuela materna, en Puerto Bermejo. En cada visita, había menos tierra y más río. La última vez que pasé por ahi (antes de ingresar a mi secundaria aquí en mi Resistencia natal), la otrora casa de mi abuela no existía. Y como tantos otros, ella tuvo que emigrar, falleciendo en la capital del Chaco, lejos de ese pueblo que la albergó parte de su vida.

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