sábado, 6 de mayo de 2006

Martha Méndez De Barreda: Hornera Del Teatro

Bye Bye
No era, sólo, una mujer de números; fue, también, una mujer de la escena. No supo, sólo, de cifras, conocía, además, de tablas: Martha Nélida Méndez de Barreda, fue una "teatrera" -una trabajadora en el lenguaje de bambalinas- auténtica y responsable.

Junto a Ramón "Coco" Barreda formaron una pareja simbiótica y contemporánea, en todo aspecto: ambos iniciaron su amistad y prosiguieron su romance en el colegio secundario. Simultáneos, ingresaron al elenco del Teatro de la Universidad del Nordeste y continuaron, unidos y activos, hasta la semana pasada.

Eran dos criaturas siamesas en la vida y el amor, el tiempo y la lucha. Las niñas de sus ojos eran un dúo del cosmos: miraban al unísono y hacia idéntico sentido. Fueron elegidos, para elegirse.

Desde el puente de la reminiscencia hicimos con Gladis Gómez una travesía retrospectiva a cierto paisaje del teatro chaqueño. Memoramos que Martha (ya de Barreda y estudiante de Economía) participó en carácter de actriz en la puesta de "Pluft, el fantasmita", de Ana Clara Machado, dirigida por José Luis Andreoni, como director invitado, en el año 1969. Representó a uno de los tres soldados fantasmas de la comedia infantil de la dramaturga brasileña: los otros, Rubén Musa Arce y Eduardo Paredes, respectivamente.

Memoramos, puntuales, el inicio del Instituto de Teatro, a fines de la década del 70, en un primer piso, de Santa María de Oro, casi Juan Perón; y el traslado, luego, a Sáenz Peña, casi Arturo Illía. Esa etapa que califico -fuí arte y parte- de trascendente y evolutiva para la escena del Nordeste: la Escuela de formación de actores y puestistas del Chaco, experiencia inédita, conducida por Carlos Schwaderer y Gladis Gómez, de cuyo núcleo partieron talentos radiantes (José Jiménez, en España y Oscar Sisto, en Francia; entre algunos) que alumbran ceremonias y escenarios ecuménicos.

Toda esa cruzada de lúcida belleza visible que duró, casi, la parábola de una década fecunda y genuina, no tendría sustento histórico y documental, carecería de entidad temporal, sin la voluntad constructora y el conocimiento académico de Martha, administradora de aquella empresa docente, que además configuró su esencia suprema: una sala, placenta de la criatura dramática, vientre del teatro universal.

La misma Martha, al volante de su combi blanca, recorría (junto a Coco, por supuesto) el domicilio y el trabajo de cada socio, un sistema de mecenazgo amistoso que diseñó para solventar el alquiler del edificio, los costos de refacción sucesiva y el gasto de producción de espectáculo.

Los montajes singulares, por la calidad de actores y directores, de El Guiso Caliente, de Oscar Quiroga y el Pomberito Juguetón, del mismo autor tucumano, y Los Perros, de Carlos Schwaderer, demandaron recursos accesoriales que la ductilidad numérica de Marta resolvió en las cuentas y en las puestas.

Un dato: la obra El Guiso Caliente, requería cocinar un guiso en escena y consumirlo durante la obra; y compartir la comida con el público, incluso, después del final. La cocina, la garrafa, la vajilla y las especies culinarias fueron provistos por su persuasiva imaginación económica, sin afectar nuestro erario histriónico.

Su ausencia física epiloga una militancia teatral y una conducta personal ejemplares que debemos honrar en la memoria y en la práctica de una imprescindible fraternidad cultural. "Que haya magia, pero que se note que hay gente trabajando", pedía Bertolt Bretch.

Martha, supo, siempre, que detrás del esplendor de las candilejas y del presente suspendido de la escena -una fantasía dirigida- existen hombres y mujeres, criaturas biológicas, con urgencias terrestremente urgidas. Su tarea, y sus reflejos, atendieron ese difícil tendón existencial, con respuestas objetivas y concretas. Respeto y equidad, su estilo.

En la madura morada del teatro chaqueño Marta y Coco fueron horneros que donaron su barro noble; pero dejaron, también, su canto de latidos en la acústica del corazón.
Bosquín Ortega.

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