lunes, 8 de mayo de 2006

Murió El Escultor Domingo Arena

Sculptor
Los teléfonos tienen la impresentable habilidad de sonar en el día equivocado, a la hora equivocada, con mensajes equivocados. Esta vez sonó y merecía se lo callara de un tubazo. La voz del otro lado, serena pero quebrada de su esposa Mecha Ojeda, anunciaba que Domingo El Tano Arena había fallecido ayer por la mañana, muy temprano.

La frase penetró hasta estrujar el corazón y, tan pronto como eso, la vida salió disparada. Comenzó a correr con el dedo apoyado en la tecla que acelera las imágenes para repasarlas hacia atrás y hacia delante. En esa precipitada sucesión de cuadros El Tano Arena apareció cuando vino a instalarse en el Chaco a comienzos de los ’60 seducido por las maderas de sus montes.

Italiano de nacimiento, naturalizado argentino y residente en Buenos Aires había comenzado con la escultura en 1955, arte en el que se consideraba autodidacta más allá de su contacto e intercambios con grandes referentes del género.

Al menos dos conocidos talleres —uno, en la primera cuadra de López y Planes, y el otro en Roque Sáenz Peña al 600— fueron sus sitios preferidos para la experimentación, la creación, la presencia de visitantes interesados en saber de su obra o la charla con amigos.

Celosa y prolijamente, El Tano cubría cada una de sus obras, acomodaba las herramientas, convivía con sus árboles frutales y aceleraba un mate para compartirlo. Su taller era su universo. Ahí transcurrían sus días, se resguardaba de ese mundo que giraba afuera; y quien allí entraba, seguramente, no podía salir indemne.

En el dintel de madera de una de las puertas, el artista escribió con firmes trazos de tiza: "Nunca entregues las alas". Así fue para él. A rajatablas. Y así lo transmitía. Apasionado, infatigable, de una conducta inquebrantable y de principios libertarios, El Tano "tiraba la bronca" rebelado contra las injusticias de su tiempo.

"La realidad de las mayorías es así, dura, dolorosa, con sabor a protesta y ganas de cerrar los puños. Y porque es así, quien quiera identificarse con ellas tiene, inexorablemente, que hablar con este mismo idioma", escribió en uno de sus catálogos.

De esa manera vivió y concibió una producción que lo representaba cabalmente. Como un grito. A sus magníficas obras en madera —caracterizadas por sus volúmenes netos, de construcciones geométricas, marcadas aristas y con la figura humana siempre insinuada— le sucedieron las esculturas en bronce a las que les dio aire de seres alados y el movimiento concedido por las bisagras.

Para entonces, lo obsesionaba perfeccionar el sistema denominado "a la cera perdida", al que consagró demasiado tiempo y esfuerzo hasta en la construcción de su propio horno de fundición.

Ese era el Tano. Los premios le sucedieron a partir de 1958 y se multiplicaron sin detenerse. Conquistó salones nacionales y regionales para llegar al Gran Premio de Honor del Salón Nacional de Artes Plásticas en 1978, con su obra Tango.

Los halagos, sin embargo, no lo cambiaban. Por el contrario, con el tiempo se volvió más exigente y menos concesivo, al punto de no aceptar nuevas invitaciones para exponer ni para participaciones públicas. Pero jamás dejó de trabajar ni de experimentar.

La rutina diaria del Tano Arena con la escultura no tuvo pausas. No la tuvo, tampoco, en su incursión por otros trabajos. En ellos aplicaba los conocimientos de matricería y de los numerosos oficios ejercidos en la juventud, que le daban un sólido basamento.

En su último taller —en el del barrio San Cayetano— conservaba sus obras, exhibía sus delicadas realizaciones en cuero y no dejaba de enseñar. En ese lugar se dedicó a disfrutar de la vida familiar y a ver crecer a sus hijos más pequeños.

Domingo El Tano Arena tenía 79 años. La edad no aporta más dato que aquel del implacable cumplimiento del ciclo vital. Él era y seguirá siendo el maestro que —pipa en mano y en la boca— levantaba su brazo en un encendido reclamo, el que recorría con los dedos curtidos sus obras para brindar una enseñanza, el que señalaba con energía la falta de rigurosidad en el hacer y el que se divertía contando acerca de la fonda El Pinchazo en sus épocas de boyero en los arreos de la pampa bonaerense.

Mario Nestoroff le dedicó el poema Luz, que expresa en sus últimos versos:

"En el palacio del Maestro Arena hay luz.
Un cincel rebrilla al aire de la noche compacta.
El taller del Maestro Arena está lleno de tallas,
de maderas esperanzadas ...
La simpleza es palabra de honor en esta sala.
Veo la luz desde lejos. Vengo de las sombras.
Soy invitado a pasar,
a recibir una ración gratificante de luminosidad".

El Tano marcó caminos. "Si logro dar a mis esculturas una aproximación de lo que me conmueve puedo sentirme, entonces, en algo justificado".

Puede partir en paz el maestro. Nada de lo intensamente vivido fue en vano. Su palabra, su entrega, su creación, su descendencia confirman su luminoso paso por este mundo.
Cristina Matta.

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