jueves, 5 de octubre de 2006

El Gran Engaño "Genmerca"

Por Moisés L. Penchansky

Bulldozer

Con motivo de celebrarse hoy, 5 de octubre, el Día del Camino me han venido a la memoria algunos episodios legislativos relativos a la pavimentación de las rutas del Chaco.

En el período comprendido entre los años 1958-1962 ejerció el Poder Ejecutivo de nuestra provincia Don Anselmo Zoilo Duca, uno de los mejores gobernadores que hemos tenido.

Don Anselmo había realizado su campaña electoral esgrimiendo como bandera, como tema prioritario, la promesa de pavimentar nuestros caminos. La consigna era inobjetable. La pavimentación era un verdadero clamor público ya que los caminos de tierra eran un serio obstáculo para el desarrollo del Chaco.

Una vez en el gobierno Duca se dedicó con empeño a la tarea de cumplir con su promesa y a la búsqueda de una empresa pavimentadora que ejecutara la pavimentación. Pero se encontró con que la provincia no tenía fondos ni recursos para ello. No contaba con financiamiento y una licitación fracasaría por esta circunstancia.

No sé de dónde apareció contactándose con las esferas gubernativas un doctor venezolano, titular o representante de una empresa pavimentadora con sede en las Islas Bahamas. Se llamaba Machuca Calles y la empresa "Genmerca".

Le propuso a Duca pavimentar algunos tramos en condiciones excepcionales, tanto en las especificaciones técnicas como en el precio y plazos de ejecución y pago.

Genmerca se haría cargo de la financiación. Para concretarla la provincia debía emitir un bono por el total de la obra haciéndose cargo del pago de las amortizaciones de los títulos establecidas.

La propuesta era, en verdad, seductora y el gobernador, llevado por su entusiasmo y sin asesoramiento adecuado, firmó en nombre de la provincia del Chaco el contrato de ejecución con Genmerca.

Como se trataba de una operación financiera y, además, de una obra pública sin licitación, el contrato debía ser aprobado por la Cámara de Diputados, conforme las disposiciones constitucionales.

La Legislatura estaba integrada entonces por treinta diputados, dieciséis correspondían a la Unión Cívica Radical Intransigente, en el gobierno, ocho a la Unión Cívica Radical del Pueblo; dos al Partido Socialista; dos al Partido Conservador y dos al Partido Demócrata Progresista.

Representábamos a esta fracción política el doctor Ulises Alvarez Hayes y el autor de esta nota.
El Poder Ejecutivo envió el contrato a la Legislatura para su aprobación y paralelamente se inició una intensa campaña publicitaria en diarios, emisoras radiales; cámaras de comercio y en todos los círculos de la capital y del interior, recabando su aprobación.


Para que el contrato se aprobara se requerían los dos tercios de los legisladores o sea veinte votos y el gobierno sólo contaba con dieciocho seguros, dieciséis oficialistas y dos conservadores que habían prometido su apoyo. Los socialistas y los radicales del Pueblo rechazaban el contrato por la falta de licitación. Los dos votos de los demócratas progresistas decidían la aprobación o el rechazo del contrato.

El gobernador Duca, con quien yo mantenía una cordial relación personal, me llamó y me pidió nuestro apoyo. Le contesté que iba a estudiar el contrato y si lo consideraba conveniente para la provincia lo íbamos a aprobar, a pesar de la falta de licitación. Don Anselmo lo entendió perfectamente y quedó tranquilo.

Pero ante nuestra reticencia para aprobarlo de inmediato se desató sobre mí, encargado de estudiar el proyecto de ley, una presión como pocas veces he vivido. Me llamaban de todas partes instándonos a aprobar el contrato dada la urgencia de la pavimentación.

Dediqué todo mi tiempo, día y noche, durante varios días, al estudio de la iniciativa. Pedí asesoramiento técnico a ingenieros amigos, constructores de pavimento, de absoluta confianza y gran solvencia material y moral, y todos coincidieron en que las especificaciones técnicas eran perfectas; que el precio era muy conveniente, así como los plazos de ejecución y las amortizaciones.

Estudié entonces los aspectos jurídicos y advertí que no se había previsto ninguna garantía de ejecución para la provincia.

Tal como estaba redactado el contrato, Genmerca podía recibir el bono o título por el total, descontando en alguna entidad financiera, disponer de los fondos y "¡si te he visto no me acuerdo!". La provincia podría ser burlada fácilmente por esta falta de previsión.

Hablé con Duca y le expliqué la situación. Le dije que para despejar cualquier duda iba a introducir en el contrato algunas cláusulas para garantizar la ejecución de la obra.

Los pagos se iban a efectuar contra certificación de trabajos realizados o acopio de materiales en playa. No era ninguna novedad, ni exigencia inusual, era lo normal.

Si la empresa era seria iba a aceptar estas cláusulas y la provincia resultaría gananciosa. Si no las aceptaba, se trataba evidentemente de una aventura, felizmente abortada. Le agregué a Don Anselmo que mucho me temía que se iba a presentar la segunda situación. El contrato fue aprobado por la Legislatura con los veinte votos necesarios.

Hubo un verdadero júbilo en el Chaco por esta decisión. El único que no se alegró fue el representante de Genmerca, que prometió estudiar las modificaciones y no apareció nunca más por el Chaco.

En los diarios de sesiones de la Cámara consta lo sustancial de este relato. Lo efectúo al solo efecto de que tal vez sirva de enseñanza a gobernantes y legisladores para que adopten las mayores precauciones cuando tengan que considerar negociaciones y contratos relativos al erario público, sobre todo cuando, como en el caso referido, las ventajas que se ofrecen al Estado son, aparentemente, considerables.

Conviene tener presente el sabio proverbio popular "cuando la limosna es grande hasta el Santo desconfía".
Fuente: Diario Norte.

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